La historia vieja y la herencia ambiental de la pampa

Hasta aquí se ha mostrado a la pampa como el resultado de una historia de cambios climáticos dramatizada sobre una porción del continente sudamericano expuesta a las lluvias de ceniza de los volcanes sur andinos, que sepultaron el relieve anterior y, junto con el viento, le dieron su forma llana actual. Durante el último millón de años predominaron en el mundo condiciones de frío y aridez, lo que significó para la pampa intensos vientos fríos y secos, del oeste y suroeste. Si bien durante ese lapso hubo períodos cálidos y húmedos, alguno incluso mucho más intenso que el actual, el cuadro de aridez fue ampliamente dominante. Las formas principales del relieve de la pampa actual, esas ondulaciones características de varios kilómetros de ancho, se habrían generado durante la última glaciación que duró cerca de 70.000 años y cuyo clímax se sitúa hace entre 15.000 y 18.000 años. En ese momento los desiertos y semidesierto cubrían la pampa y el chaco. El Paraná tal vez no llegaría sino a los esteros del Ibera y los ríos de la región chaco pampeana apenas se insinuarían en las faldas orientales de las sierras de Salta, Tucumán y Catamarca. Este largo e intenso proceso borró casi todos los vestigios de paisajes anteriores y generó la planicie ondulada que hoy conocemos.

Hace 10.000 a 12.000 años comienza el actual período interglaciar, la pampa se entibia, se debilita el pampero, y vuelve la humedad, los árboles avanzan hacia el sur por las faldas de las sierras y cubren el Chaco. El máximo de temperatura y humedad se ubica entre 8.000 y 5.000 años atrás. Durante esos tres milenios se configura la mayor parte de la red hidrográfica argentina actual. El Paraná alcanza el mar, no sin antes inundar una franja de la pampa (el «delta» y el «río» de La Plata). El resto de los ríos que nacen en las sierras centrales (salvo el Tercero que logra llegar al Paraná) son vencidos por la pampa, condenados a una perpetua agonía en sus confines occidentales, como el Cuarto y el Quinto y, en parte, el Salado del Norte, que llega a duras penas al mar. El Dulce, el Primero y el Segundo encontraron su pequeño mar en medio de la pampa, la Laguna de la Mar Chiquita.

Nosotros solemos decir que la pampa, tal como hoy se presenta a nuestra vista, es «un desierto con una pradera pintada encima». Ese desierto, dormido bajo nuestros pies, se manifiesta en su control superlativo sobre el relieve pampeano. Se necesitarían milenios de inundaciones para que los ríos, obligados a atravesar una geografía que no es suya, encontraran su camino, de bajo en bajo y de laguna en laguna. Este hecho y no otro, es el que hace tan difícil diseñar obras eficaces contra las inundaciones ya que el escurrimiento superficial y subterráneo está controlado por una distribución de pendientes heredada de dichos paisajes desérticos y, en menor medida, por el régimen de precipitaciones actual. Por eso a veces crecen las lagunas sin que llueva en la zona y a veces se traza un canal para evacuar el agua y ésta, inexplicablemente, regresa. Los largos períodos áridos (durante los que trabajó el viento) y los, más breves, períodos húmedos (donde trabajaron las aguas y los procesos biogeoquímicos) han dejado sus huellas en el gran libro paleo climático de la pampa. A este conjunto de rasgos, restos de antiguos paisajes, podemos agruparlos bajo el nombre genérico de «herencia ambiental», y en el desciframiento de este enigma del pasado, está la posibilidad de comprender el presente y la de prever el futuro de la pampa.

En efecto, ya hemos mencionado que son tres los protagonistas principales de la evolución de los ambientes: «el cambio climático, la herencia ambiental, y la acción antrópica». Con respecto al primero, debemos decir que está fuera de nuestro alcance, por ahora, intentar predecirlo. Sólo podemos advertir la tendencia luego de que ésta se ha manifestado, y en esto ya se ha visto que, con la agudeza perceptiva hasta hoy demostrada, para la pampa se necesitan décadas. En lo que sí hemos adelantado es en la certeza de que las tendencias, de persistir, culminan en crisis ambientales, para las que siempre es conveniente estar avisado. La herencia ambiental, en cambio, reviste una doble importancia: por un lado, es la enciclopedia que nos ilustrará sobre el comportamiento del ambiente frente a los cambios climáticos y sobre la naturaleza de esos cambios y, por otra parte, es un protagonista activo de los cambios que se producen y se producirán en el futuro, desde que es el condicionante principal de la respuesta del ambiente a dichos cambios. El otro condicionante es la acción del hombre (o antrópica), que éste ejerce sobre el ambiente para satisfacer sus necesidades. Este condicionante generalmente es elevado a la categoría de causa, pero está lejos de haber sido probado. Parece más bien una expresión más del subjetivismo antropocentrista que aún tiñe a esta etapa del desarrollo del pensamiento humano. En el caso de la pampa húmeda es posible estudiar y, eventualmente, evaluar la acción del hombre a partir de la incorporación masiva de su superficie a las actividades productivas, proceso que se llevó a cabo en poco más de treinta años y alcanzó su culminación alrededor de 1910.

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