Críticas y alternativas

Es necesario advertir que el antropocentrismo no impide que existan intentos de lidiar con la crisis ambiental. Para algunos se ha vuelto evidente que un colapso ambiental, sea dentro de un país, como a escala global, tendrá enormes efectos negativos sobre las economías y la calidad de vida. Es así que aún bajo posturas clásicas antropocéntricas se desplegaran disciplinas ambientales importantes, tales como las ingenieras forestales o de manejo de vida silvestre, las que abordan la cuestión ambiental desde la manipulación y el control para servir a fines humanos. Una buena parte de la economía ambiental se ha dedicado a identificar el valor económico de los recursos naturales o la biodiversidad, un paso indispensable para poder expresarse en el mercado, y poder proteger recursos naturales o reclamar pagos por ellos, según dicen sus promotores. Las corrientes actuales que buscan comercializar los llamados bienes y servicios ambientales siguen esa misma perspectiva.

Una forma extrema de utilitarismo antropocéntrico es el llamado ambientalismo del libre mercado, que defiende mercantilizar todos los recursos naturales y las principales especies. Entienden que el mercado ofrecería las mejores oportunidades para gestionar esos recursos, como puede ser propietarios que defienden sus ecosistemas o especies. No puede sorprender que esas posiciones desataran ásperas controversias. El utilitarismo también ha influenciado posiciones más moderadas. Su ejemplo más reciente, son las posturas de una “economía verde”, discutidas en el marco de la conferencia gubernamental sobre ambiente y desarrollo, Río+20. Pero no puede ocultarse que, a pesar de todos estos esfuerzos para conciliar el mercado y la protección ambiental, el deterioro sigue avanzando. Es clave reconocer que el utilitarismo propio del antropocentrismo no ha podido detener esta problemática. No sólo eso, sino que para muchos analistas, antes que una solución, el marco dado por el antropocentrismo, la pretensión de control y manipulación, y su ética utilitarista, en realidad están en la base del drama ambiental actual.

No puede extrañar que con el mismo surgimiento del debate ambiental aparecieran voces que reclamaban cambios sustanciales en ese marco ético. Estas pueden englobarse en tres grandes corrientes. La primera insistió en advertir que las evaluaciones sobre la apropiación y uso de los recursos naturales no consideraban a las generaciones futuras. Especies o elementos que hoy carecen de valor, pueden serlo en el futuro, así como la expoliación actual de recursos y sus consecuencias, pueden afectar a nuestros descendientes. De esta manera, a lo largo de la década de 1980, se introdujo el componente de las generaciones futuras en la discusión sobre valores.

Una segunda corriente insistió en rescatar otras escalas de valoración, aunque dentro del campo ambiental. Son los que han reconocido que existen valores ecológicos, expresados por la diversidad de especies animales y vegetales, cada una de ellas cumpliendo un papel específico y propio en el entramado de la vida. No son reemplazables unas por otras, y todas ellas expresan particularidades evolutivas. Hay quienes dan unos pasos más, y sostienen que el conjunto de especies vivas y los ecosistemas revisten un valor en sí mismos. Actualmente, en las llamadas ciencias ambientales o en la conservación de la biodiversidad, existen diferentes pos-turas frente a estos debates sobre los valores. Algunos insisten buscar métodos para expresar las valoraciones en escalas económicas, otros defienden especies o ecosistemas apelando a sus atributos ecológicos, algunos otros recuerdan los deberes con las generaciones futuras, etc. Más allá de esas posturas, es importante advertir que el marco prevaleciente es antropocéntrico, insistiendo en presentar a la conservación bajo distintas apelaciones a su utilidad y necesidad para los humanos, como esfuerzos que deben ser objetivos, sin compromisos morales, y que sirven a la descripción de las actuales condiciones ambientales. Incluso en ese campo, y en buena parte del ambientalismo, con altas dosis de buena fe, se entendió que como el idioma que más entendían los tomadores de decisiones estaba en los costos y beneficios económicos, debía probarse que la conservación era un buen negocio, y que el colapso ecológico llevaría a una crisis económica. Sin darse cuenta, muchos quedaron encerrados en el reduccionismo economicista de tipo utilitario, reforzando todavía más los criterios de utilidad y beneficio para promover la conservación.

Una tercera corriente sostiene que la Naturaleza es mucho más que un agregado de posibles mercancías valoradas eco-nómicamente, e incluso todavía más que sus valores eco-lógicos. Existen otros valores para las personas, tales como los estéticos, históricos, culturales, religiosos, espirituales, etc. Algunos de estos otros atributos pueden tener una expresión económica en un precio, pero muchos otros no. Es más, estos otros valores están excluidos del mercado. Cuando se atienden, pongamos por caso, los valores estéticos reflejados en la belleza de diferentes ecosistemas, hay quienes admiran los picos nevados andinos, otros se deleitan con el verde de los bosques amazónicos, y muchos más disfrutan los paisajes costeros. También se asignan valores religiosos o espirituales, como ocurre por ejemplo con los cerros andinos, por lo cual una montaña es mucho más que una formación geológica recubierta de vegetación, y en realidad expresa a un ser vivo que es un integrante esencial de una cosmovisión. Por la tanto, la pluralidad de valoraciones tiene bases tanto en los saberes como en las sensibilidades y creencias.

Bajo ese marco no tiene mucho sentido preguntarse cuál es el precio de un pico nevado o de esos otros paisajes. Existen intentos desde la economía ambiental de expresar esas otras valoraciones en una escala económica, pero siguen rodeadas de muchas advertencias y cuestionamientos. Finalmente, una cuarta corriente da unos pasos más, y sostiene que la Naturaleza posee valores propios o valores intrínsecos. En estos casos se rompe decididamente con el antropocentrismo, y se admite que hay valores presentes en elementos del ambiente o en seres vivos independientes de los seres humanos. Esta postura que aquí apenas se la presenta, será analizada con más detalle en otras secciones. Los diferentes abordajes que esquemáticamente se acaban de enumerar, se fueron construyendo poco a poco en un proceso que tomó varias décadas. El repaso de algunos aspectos sobresalientes de esa historia, que se presenta en la sección siguiente, ilumina las actuales discusiones en ética ambiental. 

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