Sistemas ecológicos

Los esfuerzos puestos en analizar, catalogar y comprender el entorno, maduraron en distintos frentes de las llamadas ciencias naturales, tales como la botánica o la zoología, pero por, sobre todo, se expresaron en lo que conformó lo que hoy conocemos como ecología. De hecho, muchos de los elementos revisados en los capítulos anteriores, e incluso posturas específicas en ética ambiental, como el ecocentrismo, tienen relaciones estrechas con perspectivas particulares dentro de la ecología. Pero también es cierto que sus antecedentes directos están en esa pretensión de catalogación y manipulación propia de una ética antropocéntrica. El concepto de ecosistema ilustra esta problemática.
El entendimiento del ambiente como un sistema, fue pro-puesto por el botánico británico A.G. Tansley en 1935. La asociación fue muy exitosa, pero no debe olvidarse que la idea de sistema, originada en la física, apunta precisamente a interpretar el entorno como conjuntos que agrupan elementos y mantienen relaciones entre sí. Es, por lo tanto, una forma contemporánea, más sofisticada y precisa, de aquella vieja idea de Descartes de entender la Naturaleza como las piezas de una máquina. De esta manera, esa temprana ecología apelaba a instrumentales funcionalistas pero que eran también parte de una ética de manipulación y control.
Por otro lado, si bien se instaló la idea de ecosistema en el instrumental de análisis, ha pasado desapercibido que, en ese mismo artículo, Tansley entendía que la ecología debía estudiar tanto los ambientes que no estaban modificados por el ser humano, como aquellos que sí. Los humanos eran parte de esos ecosistemas, y de alguna manera concebía a la ecología también como una ecología social. Sin embargo, este segundo componente fue dejado de lado por la ecología naciente, que se restringió a un campo biológico, describiendo la estructura, funcionamiento y evolución de los ambientes excluyendo a los humanos. Las aplicaciones prácticas derivadas de ese modo de entender la ecología consistían en intervenir en la maquinaria ecosistémica, y conformaron la disciplina clásica de wildlife management o resource management (recursos naturales). En ellas se reforzaban todavía más las pos-turas instrumentales de manipulación y control. Eso explica que perspectivas que aparecieron en las décadas de 1930 y 1940, como la “ética de la tierra” de Aldo Leopold, fueran marginales. Otras concepciones recientes, como la de biodiversidad, expresan, aunque de otra manera aquella misma mirada sistémica. De todos modos, posee la ventaja de ser una categoría plural, ya que esa diversidad se puede entender en varios niveles (ecosistemas, especies o poblaciones).
Naturalezas en disputa
Las éticas antropocéntricas siguieron avanzando en el siglo XX, con un fuerte impacto en las concepciones de la Naturaleza. En muchos casos se reforzaron las posturas que la fragmentaban, y en particular desde la década de 1980, se lanzaron varias propuestas para mercantilizarla. En muchos ámbitos se aceptó la categoría “Capital natural”, según la cual la Naturaleza era esencialmente otra forma de capital y debía ser incorporada a los mercados. Consecuentemente, sus elementos debían poseer precio y tener alguna cobertura de derechos de propiedad. Distintas corrientes de las ciencias ambientales, incluyendo algunas en la ecología, apoyaron estos cambios, ya que entendían necesario discutir la conservación o la gestión ambiental en términos económicos. No sorprende entonces que se difundieran las ideas de “bienes” y “servicios” ambientales, términos que tienen un origen en la economía. Este devenir tuvo serias consecuencias en distintos debates. La idea de Naturaleza comenzó a quedar opacada y minimizada por otras, sea ecosistema, biodiversidad o Capital natural. Desde otras posiciones, ese tipo de reconversiones o reduccionismos fueron cuestionados. Muchas alertas sobre el deterioro ambiental o especies en peligro comenzaron a recuperar ideas como la de Naturaleza, Madre Tierra, lo silvestre, etc., bajo la premisa compartida de enfocarse en su unidad, su pluralidad de formas de vida con su marco físico o las áreas silvestres. La mercantilización de la Naturaleza había llegado a tales extremos, que para combatirla se rescataba la idea de Naturaleza, y en muchas ocasiones se lo hacía siguiendo una perspectiva biocéntrica.
La idea de Naturaleza se volvió entonces un concepto en disputa. Por ejemplo, en el campo del ambientalismo han primado discusiones que involucran la idea de Naturaleza áreas silvestres o salvajes. Paralelamente, otros actores promovieron ideas como las de Madre Tierra o Pachamama, con fuerte aporte de organizaciones indígenas. A su vez, se generaron puentes entre esas y otras corrientes, por ejemplo, en el rescate de prácticas indígenas que no sólo implicaban mejores desempeños para la conservación, sino que lo hacían des-de una perspectiva holística con el entorno.
Si bien puede señalarse que la idea de Naturaleza tiene sus antecedentes en el antropocentrismo, de todos modos, es en estos momentos, un concepto muy apropiado para asociarlo a los valores intrínsecos. Cuando son adjudicados derechos a la Naturaleza, ésta debe ser redefinida para desplazarla desde aquellas perspectivas antropocéntricas hacia el biocentrismo. Hablamos de derechos de la Naturaleza, y no de derechos del Capital Natural. Se genera así una relación particular, en la que el reconocimiento de los valores propios y la asignación de derechos, modifica el sentido que se le otorga al sujeto que los recibe. Es mucho más apropiado que los derechos sean de la Naturaleza que de los ecosistemas, porque bajo esta última categoría la carga de instrumentalización para el control y la manipulación es mayor. Esto no quiere decir que se rechace el aporte de la ecología, o el valor de delimitar sistemas ecológicos, sino que implica precisar que es un abordaje útil dentro de las ciencias ambientales como disciplina científica, pero no lo es para reconocer al ambiente como sujeto de derechos.


