Crecimiento económico, degradación ambiental y bienestar
Para evaluar la buena salud de una economía se toma el crecimiento económico como el índice más adecuado. Pero esta medición controvertida no considera la sostenibilidad ambiental ni tiene una clara relación con el bienestar de las personas. EL crecimiento económico tiene una presencia muy importante en el debate público en la mayoría de los países. Y la tiene no solo para los economistas, sino para políticos, medios de comunicación y opinión pública. El concepto de crecimiento económico ha adquirido claras connotaciones valorativas. Si se dice que la economía ha crecido un 4%, en general se hará con satisfacción, mientras que si se informa de que hay una recesión porque la economía ha decrecido en un 1%, normalmente se despertarán las alarmas. Cuando un Gobierno convive con una situación de crecimiento elevado del Producto Interior Bruto (PIB) se acostumbra a decir que su política económica es acertada. En cambio, cuando la economía decrece los gobernantes no suelen asumir la responsabilidad de esa situación considerada negativa.
El compromiso con la idea del crecimiento económico está hoy tan asentado que cuando la economía decrece a veces se habla de «crecimiento negativo». Crecer se considera lo normal y cuando no hay crecimiento o este es muy bajo la situación se caracteriza como anómala y se debate sobre las causas que impiden volver a la normalidad. Esto es aún más llamativo si tenemos en cuenta que, en perspectiva histórica, los aumentos del PIB significativamente mayores que el aumento de la población (es decir, aumentos importantes del PIB per cápita) han sido la excepción. Aún persiste la influencia de la experiencia vivida durante las décadas posteriores a la II Guerra Mundial, en lo que se ha llamado la «edad de oro del capitalismo». En el período 1950-1970 la tasa media del crecimiento del PIB per cápita en Europa occidental superó el 4%, una cifra que nunca se había dado de forma persistente y tampoco se ha vivido con posterioridad. Años después de la crisis financiera de 2008 muchos economistas reconocidos discutieron si el futuro en los países ricos no será, guste o no guste, de estancamiento a largo plazo o, como mínimo, de tasas muy bajas de crecimiento. La ideología del crecimiento económico es tan potente que fácilmente lleva a promover casi cualquier acción que genere actividad económica, con independencia de la utilidad de lo que se produzca y de los impactos ambientales que se provoquen, que como se verá, no quedan reflejados en el PIB o incluso a veces lo hacen crecer.
LA MEDIDA DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO
El objetivo del PIB es dar una visión de conjunto sobre si la actividad económica crece o no. Esta operación presenta ya inicialmente algunas dificultades, puesto que a la hora de sumar se ha de definir con claridad qué entra y qué no en la suma y las unidades que se utilizan en la operación matemática: no se pueden sumar ordenadores, manzanas y entradas a los teatros cada uno en sus unidades. El PIB se mide en dinero y organismos internacionales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y las Naciones Unidas han hecho esfuerzos, desde los años posteriores a la II Guerra Mundial, para homogeneizar los criterios que se han de aplicar para calcular el PIB de un país o una región.
El PIB se define como el valor de todos los bienes y servicios finales producidos durante un período de tiempo (habitualmente un año) en un territorio. La palabra a finales» es para advertir que se debe evitar la doble contabilidad. Por ejemplo, si los agricultores venden trigo valorado en 1.000 euros a los que fabrican pan y estos venden el pan fabricado por 2.100 euros, se sumará el valor del pan (que ya incluye en el precio de venta el valor del trigo) pero no el del trigo, que no es un bien final ya que se transforma en pan. Una forma alternativa de calcular la contribución de toda la cadena de producción del pan al PIB es sumando lo que se llama «valores añadidos»: la producción de trigo vale 1.000 euros y su transformación en pan añade un valor de 1.100 euros. Por ello, el PIB se puede definir también como la suma de valores añadidos por las diferentes actividades económicas durante un período de tiempo en un territorio. Producir es por tanto generar valor monetario, generar ingresos o rentas que alguien se apropia: los propietarios de las tierras, los trabajadores, los empresarios, los que prestan dinero.
Cuando se compara el PIB de un año con el de otro surge un problema: el significado de la unidad de medida cambia debido a las variaciones de los precios. El PIB de un país puede crecer por dos razones: la primera es que, en promedio, la producción de bienes y servicios contabilizados se incremente; otra, que los precios aumenten. Al hablar de crecimiento del PIB se da por hecho que se ha realizado una corrección para tener en cuenta las variaciones de precios para calcular su aumento «real». Como la evolución del PIB se considera el principal indicador de éxito o fracaso económico, es comprensible que la forma de calcularlo genere tanta controversia y tan diversas críticas. Si lo que se cuestionara fuesen aspectos puramente técnicos, sin implicaciones políticas e ideológicas, difícilmente interesarían a nadie más que a los economistas especializados en el tema, pero no es así.




