Naturaleza, Ecosistema, Pachamama

En el debate sobre los valores y los derechos recorrido en los capítulos anteriores aparecen varios términos: ambiente, Naturaleza, ecosistema, y otros análogos. A ellos se han sumado recientemente otros como Pachamama o Madre Tierra, provenientes de culturas indígenas. Si bien estos conceptos pueden estar total o parcialmente cubiertos por un rótulo genérico como ambiente, resulta necesario precisarlos. A su vez, las diferencias entre estos términos, y las particulares historias que los explican, reflejan las cambiantes interpretaciones y sensibilidades frente al entorno. En el presente capítulo se ofrece un repaso de los contenidos detrás de esos términos. Se comienza por una breve revisión de las diferentes ideas sobre la Naturaleza, el surgimiento del concepto de ecosistema y sus implicaciones para una ética ambiental, y la más reciente incorporación de la categoría Pachamama. Una vez más es apropiado aclarar que no se pretende explorar todos los detalles, sino aquellos que son relevantes para la construcción de políticas ambientales basadas en un nuevo marco de derechos de la Naturaleza.

Naturaleza

El término naturaleza tiene varios significados y distintos usos. En unos casos alude a cualidades y propiedades esenciales, mientras que en otro sentido se refiere a los ambientes, en especial a aquellos que no habrían sido modificados por el ser humano, o al menos lo fueron limitadamente. Este segundo uso es escrito con mayúscula en el presente libro para identificarlo y resaltarlo. La idea de Naturaleza, de origen europeo, desembarcó en las Américas con los exploradores y conquistadores. Otros entendimientos del entorno quedaron opacados por siglos, y ese término se generalizó. No sólo eso, sino que la construcción de la idea de Naturaleza, aunque tenía un origen renacentista, fue sin duda influida por la experiencia de los tempranos colonizadores en tierras americanas. Es así que se forjó la idea de una Naturaleza externa a los seres humanos, separada y distinta de la sociedad. Comenzó a ser entendida como un agregado de componentes que podían ser separados unos de otros, estudiados, y gracias a ello dominados, controlados y manipulados, consolidando así las posturas propuestas por René Descartes, Francis Bacon y otros tantos. En las primeras etapas coloniales, la Naturaleza latinoamericana apenas conocida era concebida como enormes espacios salvajes, potencialmente peligrosos. Pero la codicia por recursos claves, especialmente oro y plata, propia de aquellos tiempos, obligó a conocer y dominar ese entorno. Con el paso del tiempo, ese proceso se extendió por las distintas regiones del continente, y la Naturaleza latinoamericana pasó a ser entendida sobretodo como una canasta de recursos valiosos para los humanos, desde minerales hasta suelos fértiles.

Se desplegaron entonces acciones para describir, catalogar e inventariar la Naturaleza, para controlarla y manipularla, y así finalmente extraer aquello de interés económico. El entorno natural ya no fue visto como un agregado de paisajes, sino que comenzó a ser fragmentado en sus componentes. Un ejemplo muy claro de ese cambio de actitud son las láminas de Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, donde se superpone la percepción del paisaje junto a una disección de sus componentes, tanto especies vivas como el soporte físico, todos prolijamente etiquetados.

A su vez, la Naturaleza que no estaba bajo el control y la manipulación humanas, era entendida como salvaje. Las acciones para someterla eran entendidas como “civilizar” a esos espacios silvestres. En muchos casos, los pueblos indígenas no solo eran despectivamente concebidos como “salvajes”, sino que se los entendía como componentes indiferenciados de esa Naturaleza silvestre. De esta manera, se justificaba tanto la apropiación de la Naturaleza como la dominación sobre pueblos indígenas como una tensión de la “civilización” sobe la “barbarie”. Este brevísimo repaso sirve para mostrar que las perspectivas que separan la Naturaleza de la sociedad, y que a su vez imponen una razón de control, manipulación y utilidad, no son recientes, sino que tienen una larga historia. El antropocentrismo no sólo maduró en Europa, sino que toda la experiencia colonial en las Américas, incluso bajo las jóvenes repúblicas, abonó esa cultura que supone que existen enormes riquezas ecológicas. El mito de El Dorado permea la cultura, generando distintas versiones de la imagen de un continente repleto de riquezas que necesariamente deben ser explotadas. Es así que, bajo la colonia, pero especialmente durante la vida republicana, se sucedieron ciclos económicos asociados a recursos naturales, que eran extraídos y exportados. Los ejemplos más conocidos son los ciclos de auge de la minería de plata en los Andes, el guano y salitre en Chile y Perú, la explosión del caté en Colombia o Brasil, o el caucho amazónico. No puede entenderse plenamente esos ciclos de desarrollo si se olvida que descansaban en bases ecológicas. La ética que está por detrás de estos procesos es profundamente antropocéntrica. La Naturaleza pierde cualquier unidad organicista, y debe ser necesariamente fragmentada en componentes, ya que sólo algunos de ellos son útiles para los fines humanos de venderlos en los mercados mundiales.

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