Diversidades, redefiniciones y relacionalidades

En la nueva Constitución del Ecuador, el concepto de Pachamama es presentado como uno de los sujetos de derecho, equiparándolo al de Naturaleza, definidos en un sentido amplio, como el espacio “donde se reproduce y realiza la vida”. De modo esquemático, se puede interpretar que el concepto de Naturaleza es parte de la tradición cultural de la Modernidad (sin olvidar las disputas y salvedades indicadas arriba), mientras que bajo el término de Pachamama se incorpora a las concepciones de sociedad y ambiente propias de los pueblos indígenas. En Bolivia, las concepciones de la Madre Tierra, como aparecen por ejemplo en la Ley de la Madre Tierra, expresan en buena medida la misma perspectiva.

La primera opción ha sido la dominante, y en especial como impostura antropocéntrica; la segunda es plural muchas veces ha pasado desapercibida, y casi siempre fue subordinada. Por lo tanto, la formulación ecuatoriana abre las puertas a una interpretación multicultural, y ese es un cambio sustancial. Aunque el concepto de Pachamama se aparta del tronco de las culturas convencionales de la Modernidad, no podemos olvidar que incluso dentro de esta última han existido posturas críticas que cuestionan la dualidad sociedad Naturaleza, y que defienden formas de identificación ampliadas. Son evidentes, por ejemplo, algunas superposiciones entre ciertos matices de la idea de Pachamama con el ambientalismo de la “ecología profunda” de Arne Naess.

La idea de Pachamama tampoco puede ser interpretada como un reclamo de regreso a un pasado andino pre colonial, ni un aislamiento de los debates contemporáneos. En realidad, estamos presenciando la apertura de nuevos diálogos, en los que algunas de las tradiciones críticas occidentales pueden aprender, modificarse, y crecer junto a algunos de los componentes de los saberes indígenas que están más allá de la Modernidad. Pero ese aprendizaje también debe ocurrir en sentido inverso. Es que la apelación a la Pachamama no resuelve todos los problemas. Consideremos un caso común: repetidamente se usa la expresión Pachamama como sinónimo de Madre Tierra. ¿Si ella es “mi madre”, casta dónde puedo modificarla, alterarla y aprovecharla? La respuesta no es sencilla. Por lo tanto, usar esta palabra no soluciona las tensiones y contradicciones sobre el uso de recursos naturales. 

También puede ocurrir una banalización de la Pachamama. Este peligro asoma allí donde se destruye la Madre Tierra sin una verdadera restitución o retribución, sino que solamente se apela a las ceremonias de la challa, donde las personas dan las gracias o retribuyen con alimentos o bebidas. Dicho de un modo esquemático, se abusa de ceremonias donde se pide perdón, pero no se impide que ocurran los cambios drásticos en el entorno. Es una banalización que se observa ahora repetidamente, en la cual no se respetan los derechos de la Naturaleza, aprobándose proyectos mineros y petroleros, pero basta pedirle “perdón” a la Pachamama para justificarlos. Es claro que esa postura es insostenible, no asegura ninguna protección efectiva de las especies vivas, y termina siendo contraproducente hasta para los propios pueblos indígenas, en tanto convierte al espíritu de la Pachamama en un mero eslogan.

Es comprensible que estos sean problemas complejos, ya que la expresión de la Pachamama está anclada en territorios humanizados, y no en zonas silvestres o intocadas. Esto es evidente en la geografía andina, donde las relaciones entre los grupos humanos y el ambiente están mediadas particularmente por la agricultura, y ello implica finas, aunque intensas, intervenciones en la tierra, sistemas de riego, construcción de terrazas, erradicación de malezas, etc. La Pachamama está moldeada por actividades humanas, agrícolas y ganaderas. Reconocido este punto, también es cierto que medidas efectivas de protección necesitan contar con áreas silvestres protegidas o medidas de protección de especies. Es por este tipo de necesidad que es insostenible pensar la Pachamama como un regreso al pasado, cuando no existía el drama de los actuales impactos ambientales. A su vez, esto exige repensar a la Pachamama a partir del presente y futuro inmediatos, considerando, por ejemplo, cómo recuperar el “mundo de las malezas” para permitir mantener la biodiversidad andina. Tampoco debe olvidarse que las valoraciones expresadas por los pueblos amazónicos son diferentes de las culturas andinas. Al estar asentados en ecosistemas de selva tropical y bajo otros marcos culturales, la vivencia amazónica es de una Naturaleza menos intervenida. Esto hace que el concepto de Pachamama tal como es presentado en la Constitución ecuatoriana deba ser manejado con precaución para también brindar cobertura a las concepciones amazónicas. Esto nos lleva a considerar distintas “Pachamamas”, en plural, junto a otras concepciones del entorno, lo que abre las puertas a una multiculturalidad real, que refuerza el reconocimiento de los valores intrínsecos. Pero también se corre el riesgo de caer en un relativismo cultural, donde cualquier práctica sea aceptable, incluso algunas de alto impacto ambiental. Nos encontraremos ante concepciones kichwa, aymara, etc., y cada una de ellas no solo define el ambiente de una manera, sino que posee sus propias particularidades sobre los usos correctos y aceptados. En el pasado toda esa diversidad desaparecía bajo las ideas occidentales, mientras que, en la actualidad, esta vertiente multicultural de los derechos de la Naturaleza permite que se expresen. Pero no implica que una sea necesariamente mejor que la otra, sino que es imprescindible discutir y construir los acuerdos, para así identificar aquellos mejores atributos para asegurar la sobrevida de los demás seres vivos. Cada tradición cultural tendrá mucho para aportar, pero seguramente también serán necesarios cambios en ellas. El punto en común entre esas diferentes versiones es que en ellas no se reconoce la dualidad sociedad Naturaleza en el sentido expresado en la tradición cultural occidental. En cambio, las distintas Pachamamas y otras posturas análogas, no son dualistas, sino que son relacionales, en el sentido de humanos que son parte de ambientes (entendidos de manera diversa). En este punto queda en evidencia que estamos lidiando con las concepciones básicas por las cuales las personas se conciben a sí mismas y a los mundos que habitan, o sea sus cosmovisiones u ontologías.

Contactate con Ecoactivismo

Envianos tus comentarios y consultas