Los problemas del desarrollo

Se hace necesario avanzar hacia una cosmovisión que permita asumir el compromiso humano con las condiciones de su propia existencia apoyada en valores, normas y conductas que contribuya a preservar la biosfera terrestre y su espacio circundante y enriquecer el ambiente natural sociocultural. El desarrollo de la conciencia ecológica que demanda nuestra época hay que considerarlo un proceso complejo que integre información, comunicación, internalización de nuevos valores, cambios de actitudes y conductas de las personas, de la familia, de los grupos sociales y de las instituciones civiles y estatales. La medida del desarrollo de la conciencia ecológica lo daría el compromiso comunitario con la elaboración, exigencia y participación en la decisión y ejecución de políticas ambientales. Lograr estos objetivos tendría también que ver con una reflexión autocrítica sobre las dimensiones axiológicas del conocimiento científico. El conocimiento científico tiene valor propio al satisfacer el deseo de conocer, deseo inherente al espíritu curioso y creativo del ser humano. Pero asimismo la utilización técnica del conocimiento científico, y la dirección que se le da a su evolución, tiene connotaciones no solo económicas sino también éticas, estéticas y vitales.

La idea de Progreso tampoco es patrimonio del pensamiento oriental antiguo. Trescientos años, desde el siglo catorce al siglo diecisiete, llevó en Europa el tránsito de las ideas centrales que predominaban en la mayor parte del mundo conocido en la edad media a las nuevas concepciones de la modernidad. La imprenta, la brújula, la pólvora, las ideas de Copérnico, Vesalio, Tesalio, Cardan, Ramus, Bruno y los viajes y descubrimientos geográficos fueron poderosas palancas para crear el nuevo clima de la modernidad. La historia moderna comienza en el siglo diecisiete guiada por dos axiomas de Descartes que conquistan el consenso de la comunidad intelectual europea de la época: “la razón cuestiona los principios de autoridad y tradición, las leyes de la naturaleza son invariables. Dos acontecimientos institucionales como la constitución de la Royal Society de Londres y de la Academia de Ciencias de París, demuestran como el siglo XVII es el marco temporal de la afirmación del dominio de la razón humana y de su resultado cultural la actividad científica. Razón y Ciencia ocuparían el centro vacío dejado por Dios y la religión”.

 Se extiende la primera revolución industrial y se van creando así las condiciones más propicias para el nacimiento y desarrollo de la teoría del progreso. El objetivo de investigar y conocer la naturaleza es lograr el dominio absoluto sobre la misma, dominio que para Francis Bacon depende del descubrimiento e introducción de nuevos métodos para afrontar la resolución de los problemas. El conocimiento como logro de la satisfacción especulativa de los griegos dejaba su lugar al conocimiento utilitario que permitiera al hombre consolidar su omnisciencia, omnipotencia y omnipresencia. El antropocentrismo racionalista positivista y sus valores penetraron la idea de progreso y dieron el sentido de nuestra civilización. La gravedad de los problemas actuales, y los peligros que se ciernen sobre el futuro, cuestionan el sentido de nuestra civilización y con ella la idea de progreso. Las tendencias vigentes parecerían darle la razón a Schopenhauer, cuando afirmaba que “este es el peor de todos los mundos posibles”. 

El desarrollo de la ciencia y la tecnología, la fusión de estas con la producción, los servicios y las comunicaciones, la alta complejidad de la vida social, los peligros crecientes en la relación del hombre con su ambiente, confirma en la práctica, que en la medida en que se complica la civilización varía la escala en la que ocurren las cosas y la magnitud y la calidad de los efectos positivos y negativos, en consecuencia, la trascendencia de una orientación ética acertada aumenta. La sociedad industrial ha ido ubicando en función dominante y en la cúpula escalar de valores al beneficio económico; al fin de lucro, estimulado por una concepción de bienestar reducido al bienestar físico y en consecuencia al progreso tecnológico. Francis Bacón con propósitos más loables que los ejecutores de esas ideas, es uno de los primeros pensadores que introduce el concepto. A partir de este criterio se desarrolló la noción de libertad económica sin límites, que se opuso al absolutismo.

Los grandes individualistas del siglo XVIII, Jefferson, Turgot, Condorcet y Adán Smith enfrentaron los abusos e injusticias de sus días: como dice Tawney “es tan absurdo criticarlos por su indiferencia ante un orden social que ellos no podrían prever, como apelar a su autoridad para defenderlo”. Se consideró así el derecho a la libre disposición de la propiedad y la búsqueda del interés económico como anteriores e independientes de los servicios sociales que pudiesen brindar. Este criterio estableció que los derechos económicos por ser anteriores e independientes de las funciones económicas no reconocen niveles jerárquicos, jurídicos y éticos superiores. La voluntad de poder económico apoyada en esos derechos se realiza si hay un ejercicio formal en la actividad mercantil, desechando las trabas morales y haciéndole perder sentido a la propia búsqueda de riqueza: el servicio al hombre se convierte en servicio a la mera utilidad.

Este devenir de los acontecimientos determina que en ningún periodo de la historia haya sido tan urgente como hoy poner en correspondencia los intereses estratégicos del hombre y la sociedad humana con la economía y la técnica que dirige. También hay que señalar que cuando se ha querido resolver las contradicciones descriptas por las vías contemporáneas del absolutismo estatal, se han presentado otras formas de enajenación. El uso de la energía nuclear para fines pacíficos, la incorporación de las nuevas tecnologías informatizadas y la aparición de los materiales sintéticos acompleja la relación de la sociedad con la naturaleza y hace crecer los peligros para el hombre y su ambiente. A fines de la década del ’60 y la primera mitad de los ’70, los sectores gobernantes de los países centrales hacían frente a graves problemas: la caída del sistema colonial, la protesta social en sus países, la suba del precio del petróleo y de otras materias primas, enfrentaban una aguda crisis política social y económica. Crisis global que fue generando nuevas propuestas y configurando un nuevo modelo socioeconómico con mayor autonomía de los condicionamientos externos: mano de obra, energía y otros insumos.

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