COP30: la urgencia de un pacto global por los bosques
El reloj climático sigue corriendo y los bosques, uno de los mayores aliados naturales frente al calentamiento global, están en riesgo de colapso. La próxima Cumbre del Clima (COP30), que se celebrará en 2025 en Belém, Brasil, se presenta como una oportunidad decisiva para cambiar el rumbo. No bastan ya los discursos ni los compromisos simbólicos. La comunidad internacional debe acordar medidas concretas para detener la deforestación y garantizar justicia ambiental a quienes, desde hace siglos, cuidan de la selva.
La necesidad de un plan global para los bosques
Greenpeace Colombia impulsa que la COP30 adopte un Plan de Acción Global para los Bosques, bajo el marco de la Convención del Clima de las Naciones Unidas (CMNUCC). No se trata solo de una propuesta ambiental, sino de una herramienta política para cerrar brechas de gobernanza, asegurar financiamiento y exigir rendición de cuentas a los Estados.
El objetivo central es reconocer que los ecosistemas forestales no son un recurso a explotar, sino una infraestructura esencial para la estabilidad climática. Protegerlos es tan urgente como reducir las emisiones. Por eso, el plan propone alinear las metas de biodiversidad y clima, fortalecer los compromisos nacionales, las llamadas Contribuciones Determinadas (NDC), e integrar objetivos de reforestación y restauración real, con seguimiento verificable.
Las causas estructurales que siguen destruyendo los bosques
El avance de la deforestación responde a intereses económicos bien definidos: el comercio internacional de materias primas, la expansión ganadera y agrícola, la minería y la infraestructura extractiva. Sin abordar esas causas estructurales, cualquier meta climática será una ilusión.
Greenpeace Colombia plantea que la COP30 debe exigir reglas globales sobre cadenas de suministro, transparencia comercial y políticas fiscales que penalicen la destrucción ambiental. En la Amazonía, por ejemplo, la frontera agropecuaria continúa avanzando impulsada por la demanda de carne y soja. Mientras tanto, comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes enfrentan amenazas por defender su territorio. Sin justicia ambiental, no habrá justicia climática.

Colombia y el mensaje desde la Amazonía
En Colombia, la voz de Greenpeace Colombia se suma al llamado global: “La Amazonía no se negocia, se defiende.” Solo en 2024 el país perdió más de 117.000 hectáreas de bosque, el 70% en la región amazónica. Cada árbol talado representa una pérdida múltiple: de carbono capturado, de biodiversidad, de cultura y de memoria.
Desde Bogotá hasta Leticia, el mensaje es claro: el Gobierno colombiano debe llegar a Belém con ambición y liderazgo, impulsando un acuerdo que garantice recursos directos para quienes protegen los bosques. El desafío no es solo nacional; es regional. Lo que ocurra en la Amazonía repercute en el equilibrio climático del planeta entero.
La oportunidad política de la COP30
El contexto político de la COP30 será determinante. Brasil, sede del encuentro, carga con la responsabilidad de liderar desde el ejemplo. La Amazonía, compartida por nueve países, necesita una coordinación efectiva y no solo diplomática. El Fondo de Transición Justa (TFFF) 3.0, que se revisará antes de la cumbre, podría ser una vía para canalizar recursos, siempre que incorpore monitoreo independiente, criterios de justicia social y participación comunitaria.
Los movimientos ambientales exigen pasar de las promesas a la acción. La COP30 debe establecer plazos vinculantes, metas verificables y mecanismos de sanción. La protección de los bosques no puede seguir dependiendo de voluntades políticas cambiantes ni de mercados de carbono opacos.

Cuánto tiempo queda
La crisis forestal es también una crisis de liderazgo. Desde Greenpeace y otras organizaciones latinoamericanas se insiste en que el planeta no puede permitirse otro año de negociaciones sin resultados. Si la COP30 fracasa en Belém, la meta de mantener el calentamiento global por debajo de 1,5°C quedará fuera de alcance.
Los bosques son el sistema respiratorio del mundo. Si caen, caerán con ellos las comunidades que los habitan y la estabilidad climática que aún sostiene nuestra existencia. Por eso, más que una cumbre, Belém debe ser un punto de inflexión. Uno que marque el comienzo de un pacto global, ético, político y humano, para mantenerlos en pie.
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